Estupendo y Morita Vargas en Jardín Ercilla: crear un fuego

📷 Agustina InHeaven

 

El sábado pasado la gente de Prius Discos organizó una fecha que reunió a los Estupendo y Morita Vargas en una suerte de ritual secreto para invocar a los espíritus amigos y recibir el equinoccio de primavera. Todo ocurrió en el Jardín Ercilla, rincón verde de una casa en un punto indeterminado de la Ciudad, mientras la tarde se apagaba para dar paso a la noche.

En un clima de intimidad, casi familiar (varies niñes con miradas y escuchas atentas estuvieron sentades en el pasto), Morita Vargas comenzó su set bien desde abajo. Como haciéndose paso entre las ramas de árboles selváticos, fue develando su música y acercándose a ese sitio que sólo ella sabe cómo llegar y volver a encontrar cuando quiere. Un lugar creado con sonidos que convocan a las fieras, mansas y cautivadas, a acercarse guiadas por Morita, a elevarse sin dejar de sentir la tierra húmeda y el olor a hierba.

📷 Agustina InHeaven

 

Después de una meditación ambient entre cantos de sapos y pájaros, los susurros vidriosos que generó Morita derivaron en una especie de reversión de En El Rascacielos, de Family. Su voz no paró de subir, casi al punto de desbordar sobre el final de la canción la base de guitarra sampleada.

Lo que siguió fue “Nutrícula”, de su primer disco Mandrágora, y luego un pasaje con un pulso más bailable en el que, si caemos en referencialidades apuradas, podemos decir que Morita inventó su propio idioma a lo Elizabeth Fraser pero en clave Grimes. Aunque mejor que Grimes, porque lo hizo Morita. Finalmente cerró su concierto, a pedido del público, tocando el arpa ubicada en el centro del jardín y escalando con su voz etérea, suave, el cielo mientras el sol se escondía justo, justo con las últimas notas sonando en el aire.

📷 Agustina InHeaven

 

El show de Estupendo fue por los caminos más experimentales de su repertorio (¿igualmente qué no es experimental en Estupendo?), más cercano a alguno de sus últimos trabajos de música incidental que a aquellas gemas de synth pop de Bistró Málaga o Antenna. Como una extensión de lo que había sido el set de Morita Vargas, el dúo integrado por Sebastián Mondragón y Fernando Lamas también recurrió a sonidos de la naturaleza y a texturas húmedas para comenzar.

Ruidos acuáticos, anfibios, se repitieron una y otra vez en un incesante goteo que se interrumpió cuando un rasguido de guitarra prometió cambiar el mood del recital. Pero sólo fue una promesa, porque la repetición, esta vez de sonidos metálicos y retorcidos, se fue amalgamando para formar un trance psicodélico y turbado.

📷 Agustina InHeaven

 

A medida que el show comenzó a trasladarse de lo botánico a lo netamente maquinal, dejando las sonoridades líquidas para adentrarse en texturas más rugosas, el calor (literal) del ambiente aumentó. A alguien se le había ocurrido prender un canasto de mimbre en un brasero y ese fuego funcionó como acompañante de la música crepitante ejecutada por el dúo en los teclados. La cosa ya se había vuelto una performance a esta altura de la noche. O para ser más preciso, un rito, que concluyó con un pasaje de percusiones y zumbidos que cerraron el círculo perfecto.

 

Parece inaudito que Mondragón y Lamas, después de casi treinta años, sigan sonando a futuro, que sigan siendo los mejores en lo suyo y estén más activos que nunca, mientras que aquelles que se proclaman como lo venidero no sean más que mera actualidad circunstancial y de agenda. No coman pasto, gente, tírense a la hierba fresca y escuchen (más) a Estupendo, así no todo queda en un jardín secreto.